El Gato que vivía en un cine.

    Los cines de antes eran muy diferentes a los de ahora. No existían, como hoy, veinte salas pequeñas colocadas una al lado de la otra. En lugar de eso, cada cine tenía una gran sala en la que cabía muchísima gente. Algunos eran enormes, con dos y hasta tres niveles. Uno podía disfrutar de la película en el piso de abajo, en el de en medio o en el de arriba. Desde cualquier lugar se veía bien porque la pantalla era gigantesca. También había cines tan lujosos que parecían palacios. En el recibidor se podían ver estatuas, escalinatas y candiles colgando del techo.
    En uno de estos grandes cines vivía Max. Su trabajo consistía en cazar ratones y cumplía con este deber con gran sentido de responsabilidad. Durante los primeros meses su oficio había sido muy difícil, pues aquel cine se encontraba infestado de roedores y él se la pasaba persiguiéndolos de un lado a otro. Luego, cuando se corrió la voz entre los ratones de que allí había un gato muy peligroso, casi todos abandonaron el lugar.
    Pero aunque el cine quedaron muy pocos de esos nefastos animalitos, Max continuaba realizando sus rondas de vigilancia con el mismo profesionalismo. Las hacía por las noches, pues durante el día el lugar estaba lleno de gente, sobre todo de niños y niñas, pues allí se proyectaban películas de piratas, de vaqueros, de espías y de guerra.
    La jornada de Max comenzaba después de la última función, cuando el cine cerraba sus puertas y los empleados se iban a sus casas a dormir. Algunos empleados querían mucho al gato y, antes de irse, le deseaban buena suerte en su trabajo.
    La ronda de Max incluía todo el edificio, desde el sótano hasta la azotea. Como el cine era muy grande, existían miles de lugares donde un ratón podía ocultarse. Era necesario revisar todos los rincones, todas las esquinas, todos los huecos. Había que mirar detrás de la pantalla, debajo de las butacas, arriba de la máquina de palomitas, dentro de los tubos de ventilación, junto al proyector… El recorrido era muy fatigoso y terminaba hasta bien entrada la mañana.
    Max no se aburría, pues su ronda estaba llena de novedades. Sólo de vez en cuando atrapaba algún ratón, pues como ya se dijo casi todos se habían ido a otro sitio. Sin embargo, siempre se topaba con individuos raros, ya sea en los pasillos, sentados en las butacas o subiendo las escaleras. Unas veces era un vaquero de sombrero blanco y pistola al cinto; otras, un pirata de parche en el ojo y pata de palo. Cierta noche vio a un soldado romano y a un indio con el rostro pintado y plumas en la cabeza. Ambos habían hecho una pequeña fogata en el recibidor para calentarse, pues era invierno.
    A cualquier persona le hubiera parecido extrañísimo encontrarse con estos señores en medio de la noche y dentro de un cine cerrado. Pero como Max los veía con frecuencia, nunca le parecieron fuera de lugar.
    Todos eran personajes que se habían salido de la pantalla. Algunos lo hicieron por error y otros para descansar un poco. Esperaban la primera función del día siguiente para regresar a sus respectivas historias. En ocasiones, la película era cambiada sin previo aviso y el vaquero o el caballero de armadura no podían regresar. Entonces se veían obligados a esperar –escondidos en un cuartito de trebejos del último piso– hasta que volvieran a programar la cinta que les correspondía.
Solamente una vez a Max se le ocurrió acompañar de regreso a uno de esos personajes. Era un pirata barbón y borrachín. El gato conoció su barco y a sus compañeros. También respiró el aire marino, subió a los mástiles y comió almeja fresca. Aquello le gustó tanto que decidió quedarse a vivir dentro de esa película.
    Pero, cuando en una de las escenas un galeón español atacó el barco, cambió de idea. El palo mayor se partió en dos a causa de un cañonazo y estuvo a punto de aplastarlo. Los marineros corrían de aquí para allá pisándole la cola. Algunos cayeron al mar y los tiburones se los comieron. Luego la nave fue abordada por el enemigo. Se desató una sangrienta lucha a espadazos, hubo gritos, muertos y muchos heridos. Max se asustó mucho y decidió regresar de inmediato a casa. Había comprendido que las películas son muy divertidas desde la butaca, pero dejan de serlo en cuanto uno entra en ellas.
        El gato vivió y trabajó muchos años en ese cine, pero jamás quiso volver a entrar en una película. Poco a poco, aquellas grandes salas fueron demolidas para construir supermercados, bancos y estacionamientos. Hoy ya no queda ninguna en pie. Pero muchas de las personas mayores que las frecuentaron en su infancia no las han olvidado. Tal vez alguna de esas personas mayores conoció a Max, el cazador de ratones, y aún lo recuerda.


Autor: Luis
Bernardo Pérez.
Cuento del libro El gato de humo y otros gatos fantásticos






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